por Raúl Bravo Aduna
Jirafa.—Palabra fina para no
llamar camello a una mujer.
Gustave Flaubert
Hace poco escribí sobre los zapatos y Van Gogh, sobre cómo nos cuesta trabajo encontrar la belleza en lo nimio. Y es verdad. Pocos son los que tienen tal habilidad. Muy pocos, para precisar las cosas. Y en ese mundo de las nimiedades olvidadas se encuentran las jirafas, qué duda cabe. ¿O acaso, así de bote pronto, alguien puede nombrar cinco canciones, cinco libros, cinco poemas, cinco etcéteras que tengan que ver con jirafas? Lo dudo. Sé que yo no podría y eso que a mí me gustan las jirafas. No sé cómo o por qué me empezaron a gustar, pero el chiste es que se me hacen bonitas, muy divertidas.
A mamá también le gustan las jirafas. Madre y yo hemos disertado largas horas sobre ellas. Que si están bonitos sus ojos, o que si sus antenitas nos parecen cotorras, da igual; siempre encontramos algo qué decir sobre ellas. La última vez que hablamos sobre jirafas fue hace como cuatro o cinco meses. Estábamos en una sala de espera (de ésas que tienen revistas como de 1992 para que leas) y en la tele pasaban una suerte de documental sobre esos cuadrúpedos amarillentos. “¡Qué bonitas son las jirafas!”, dijo mamá. A lo que yo respondí: “Sí, son divertidísimas.” De ahí, se desembocó una conversación digna de ser contada con una canción, un libro, un poema o un etcétera (aunque no lo haré en este espacio).
Sin embargo, no todo es hermoso con las jirafas, que tanto me gustan. Por ejemplo, allá en el fondo se encuentra un grupo de niñas pipirisnais. Todas lindas, todas arregladas. De ésas. Sí, de ésas a las que todo mundo les quiere dirigir la palabra, pero nadie se atreve. El chiste es que están ahí, escotadas y toda la cosa, listas para ser “cazadas.” Todas, salvo una, parecen diosas helenas. Me acerco, con cautela, cual león que acecha su presa. Y cuando estoy lo suficientemente cerca, una comienza a hablar. “Osés qnó, no puedser, pinchiJirafa, ¿porqtgustó,güé?”, le dice a la que no parece diosa, que se asemeja a la Torre Eiffel mal pronunciada. Me intriga la conversación, pero me intriga más por qué hay una pieza del rompecabezas que no encaja con las demás. La jirafona, gigante ella, empieza a llorar. No obstante las lágrimas, se acerca a mí, sin cautela alguna. Yo, no sé qué pensar. “Te invito algo de tomar, ¿qué dices?”, me pregunta, mientras intento articular qué le voy a responder. “No, gracias, ¿sabes?, tengo novia”, le confieso. Intento recordar lo que escribió Andrés el lunes, sobre la psicología de las jirafas, o algo así. Pero no puedo. No sé qué hacer. “Eres alta, ¿sabes?, pareces jirafa”, le digo, mientras tomo consciencia de la estupidez que acabo de cometer. “¡Pelado!”, responde y me cachetea. Se va. Regresa con sus “amigas”. Yo regreso a la barra. “Un güisqui, con soda de chaser, por favor”, le pido al bartender. La miro. Sigo intentando recordar lo que escribió Andrés. ¡Al fin!
Se abstraen de esa realidad mundana y llena de polvo, evitan tomar partido y cuidadosamente desmenuzan la realidad.
Creo que el cabrón se equivocó, no desmenuzan la realidad. De ser así, la jirafona ni siquiera me hubiera dirigido la palabra. Creo que Flaubert también se equivocó. La palabra jirafa, al parecer, no es “fina.” Lo cierto es que no volveré a seguir un consejo ni de Flaubert ni de Andrés.
No importa, me siguen gustando las jirafas. Pero las de a deveras, no ésas que se enojan cuando les dices jirafas, y se indignan.
