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tápate las piernas, que me distraen me escribiste en un mensajito. llevabas semanas viéndome así,  pero ésa era la primera vez que te acercabas. en el momento no supe si me había gustado o incomodado (ahora lo sé: me gustó). normalmente, en cuanto terminaba la clase, caminabas rápido por el pasillo hacia el estacionamiento de maestros, pero ese día te quedaste arreglando unos papeles. nadie me había puesto tan nerviosa antes. cuando finalmente me tuviste frente a ti, me pediste que te acompañara al coche. ¿desayunamos juntos? : desayunamos juntos.

me contaste de tus hijas, de cuánto te había dolido separarte, de cómo te aburrías en el trabajo. confesaste que mi cara aparecía en tu mente a la mitad de la noche y te daban ganas de llamarme a un número que no tenías ni te atrevías a pedirme. ese día empezaron los mensajes constantes, te metiste en mi vida con un atrevimiento poco común. incluso, un día que mi mamá se puso mal, te escogí a ti para pedirte que me llevaras a una casa lejos, lo más lejos posible de la mía. lo hice porque hablar contigo siempre me dejaba esa sensación de irrealidad, de ser un animal delirante que se dedicaba sólo a contemplar tu caminar perfecto y tu sonrisa apretada.

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asombroso: no pasó mucho más que eso. bebimos cerveza en un bar irlandés y salimos a cenar un par de veces. en una de esas cenas me pediste que te regalara el lunar que tengo en el hombro izquierdo y a mí me divirtió la idea. es cierto: me tocabas las rodillas por debajo de la mesa con una confianza que me sacudía la sangre. más tarde, afuera de mi casa, tuvimos ganas de besarnos y lo hicimos torpemente. pero cuando quisiste entrar te dije que no. insististe un par de veces pero no cambié de opinión.  te sentiste rechazado, supongo, porque pasaron varias semanas  sin hablar. al final no te convertiste en eso que yo deseaba tanto, ni yo me convertí en la obsesión tuya que pensé que sería. escuchar el rumor de tus pasos y que éstos nunca hayan llegado fue un exilio blando como pocos.

Mi patria soy yo

por Raúl Bravo Aduna

Ser nómada es… un destino que se

elige cuando se repudia la inmovilidad

nacionalista y patriotera.

Julián Meza

Siempre me ha parecido curiosa la facilidad que tienen las personas para encadenarse a algo, para sentirse parte de lo que piensan propio, dígase: patria, noviazgo, ciudad, cultura, país, nación, calle, persona, ojos… A mí siempre me ha costado trabajo sentir pertenencia a lo que sea, completa e inamoviblemente. Cambio, transmuto todo el tiempo, me cuesta trabajo permanecer estático. La persona que soy dista mucho de la que fui hace cinco años, hace cinco meses, hace cinco minutos. Mis pasiones siempre están en constante devenir, al igual que mis hogares y patrias y amigos y noviazgos y gustos y todo. Hay días que amanezco siendo parisino, otros días soy austriaco o comorano; por lo general parezco neoyorquino, pero incluso he llegado a ser islandés, entre muchos otros gentilicios que he tomado, además del ruso. Mi patria se encuentra desperdigada, está en París, Londres, Nueva York, Oregon, Who-ville, San Petersburgo, Buenos Aires, Disneylandia, Guadalajara, Friburgo, Asuán y en uno que otro lupanar.

El nacionalismo siempre me ha parecido repugnante; y el patriotismo, aburrido. Como diría Julián Meza, “soy heredero de la diáspora de Conrad, Elliot, Pound y Joyce”, más que de los desagradables patrioterismos de Benito Juárez, José Vasconselos y compañía. Creo, fielmente, como Francisco de Quevedo, que nada daña tanto a las personas como el amor a su patria; igualmente, tomo las palabras de Guillermo Sheridan cuando dijo que “el amor a otra patria daña aún más”. Detesto el sentimiento de sedimentarismo, tanto como al comunismo y al liberalismo, pues todo ismo, creo al igual que Silva-Herzog M., es fascismo. Me gusta creer que soy libre. Me gusta sentir que nada me ata a la tierra en la que estoy. Disfruto soñar que despierto en Eugene y que no me encuentro en este país; que mi vida cambiará mañana y que no tengo la menor idea de cómo será.

Así pues, solo he tomado la vida del exiliado, del solitario por voluntad.  Me pierdo entre mis lecturas y entre las cosas que me interesan. El mundo que se encuentra a mi alrededor me parece soporífero, vomitivo la mayoría de las veces. Y no es que me disguste México, sino que simplemente me disgusta la idea de estar inmovilizado. Por tanto, me la paso caminando, buscando algún lugar que sienta como mi hogar, aunque sea por algunos segundos. No necesito tres colores que me recuerden quién soy; ni necesito un águila devorando a una serpiente; me necesito a mí y a las personas que quiero y/o necesito. Ahí reside mi exilio: en mí mismo, en perderme en  diversas ucronías que construyo, en las que ella (y aquí subrayo, aunque sé que sabrá de quién estoy hablando) se encuentra a mi lado, quizá leyendo, quizá jugando, quizá sonriendo simplemente para alegrarme el día.

Soy nómada, anacoreta y exiliado, y nada puedo hacer al respecto, mi patria está donde yo estoy, donde mi vida se entrelaza con lo que me mueve.

Apuntes sobre el exilio

….      Arianna B. Z.

Confieso que nunca he sabido por qué el exilio es un estado poco natural, cuando el hombre en sí es un desterrado desde que ha salido del vientre de la madre.

 Confieso que tampoco entiendo por qué la nostalgia se asocia con el pasado, si en el nacimiento hubo vida y en el futuro sólo habrá muerte.

Hay cosas sobre los exiliados que me resultan fascinantes. Sobre todas las cosas, admiro a los judíos antes de 1948, a los mexicanos que viven en condiciones de ilegales, a los negros que corren por su vida bajo la torre de Paris, a los amish que viven como si el mundo no hubiera cambiado desde hace tres siglos, a los mayas y otros pueblos indígenas que viven en las montañas más lejanas.

Y quizás, los únicos desterrados sean aquellos que vivan en su tierra.

Me he puesto a pensar acerca de esta palabreja: “exilio”,  y no he encontrado una valoración exacta en sus orígenes. Exilio se asocia con desterrado, expatriado; expulsado, asolado; muchas veces connotaciones negativas. Pocas veces, el exilo viene acompañado de renovación, cambio, oportunidad y esperanza, a pesar de que la historia muestre casos de hombres exitosos.

A juzgar por algunos autores que he investigado, la valoración  en algunos casos es positiva, y en otros casos negativa. Dependiendo la situación de la persona, así como el contexto cultural que deviene en sus formas personal y colectiva, es que el exilio adquiere sus matices infernales y/o heroicos. He aquí algunos ejemplos:

1.- Predrag Matvejevic (de origen ruso-croata y emigrado de la ex Yugoslavia)  concluye en su artículo: “¿Existen exiliados felices?” que, no h(a) conocido a ninguno. Pero h(a) conocido a muchas personas felices de poderse exiliar. Después añade: “A veces un extranjero percibe el significado de algunas palabras en la lengua del país al que ha llegado mejor que quien las dice en su lengua materna”.

2.- Mario Benedetti (uruguayo des-exiliado de España, Argentina, Perú y Cuba) escribió en su último libro, “Andamios”, que el des-exiliado (término que él mismo inventó), no se detiene en variaciones políticas o meteorológicas (lo que a su vez,  el exiliado sí lo haga), “en la intolerancia de la euforia y la depresión con el estrés”.

3.- Borges (argentino poco modesto) decía de Argentina: “Un país italiano de habla hispana” . Benedetti dijo sobre el uruguayo: “Un argentino sin orgullo”.

4.- Dante (fanático de la religión y del desapego) habló al exiliado en la Divina Comedia: “Abandonarás todas las cosas que más has amado: esa es la primera flecha que dispara el arco del exilio. Experimentarás cuán amargo es el pan del prójimo y cuán duro es ascender y descender por la escalera de los demás“.  Años después, Jorge Domingo Cuadriello, citaría esta misma frase para escribir su libro: “El Exilio Republicano Español en Cuba”. La publicación de este libro aspira a compensar ese olvido.

5.- Max Aub (exiliado español en México) escribiría en “La conciencia del exilio” que, la lealtad, cuyo imperativo permanece en el exiliado, existe como dilema moral, como antonomasia colectiva, pero nunca como realidad. La superpuesta a la escena novelesca al final de la guerra renace por su conciencia heróica, misma que separa lo real de la ficción.

6.- Habría que preguntarnos si el Che Guevara y Osama Bin Laden son en el primer caso, héroes y en el segundo caso, traidores de la patria. Todo depende de quién mire a quién.

7.- Lo que sí es que, el exilio como metáfora,  sirvió a Julio Cortázar para escribir el libro que más me ha gustado de todas las épocas: “Rayuela”. Una historia de amor en medio del oasis. Nunca se sabe cuál de las dos partes fue nostalgia y cuál ficción:  París o Buenos Aires. La primera parte: Del lado de allá.  La segunda parte: Del lado de acá. La tercera parte: De otros Lados.

No concluyo, más bien dejo esto a reflexión:

¿No es la identidad, una palabra que se desarrolla en la otredad? ¿No es el exilio una forma de vida nuestra; la adquisición continua de cosas que a su vez nunca fueron auténticas?

La tierra de nadie

Exilio es vivir lejos y vivir solo. Dejar a un lado la tierra, la gente, la vida. Es la eterna búsqueda de la tierra prometida. Todos los exiliados sufren del mismo mal que sufrieron los judíos bajo el mandato de Moisés. El exilio castiga. El exilio es el andar a pesar del cansancio. El exilio es tener ganas de volver y la resignación de quedarse. Y no importa la nacionalidad, ni las razones, ni el porqué. El exilio es la eterna soledad enredada detrás de las lágrimas, detrás de las familias, detrás de la añoranza. El exiliado habla bien con vino. Son charlas de madrugada y quejas.

El exiliado es el personaje fatídico del cuento, es el protagonista de una trama sin trama, es el que espera, espera a Godot, frente a una pared sin puertas, sin ventanas, sin esperanzas. El exiliado es el cuentacuentos es que gracias al cielo, tenemos a un lado para conocer más allá de las fronteras y los sitios turístico. El exiliado es el primer globalifílico y el primer globalifóbico. Ama a su nueva madre pero se acuerda de la madre patria, de la natural, de la que salió para sólo verla en los periódicos, en las noticias y en algunas películas.

El exilio es el fin y el principio. Es el alfa y omega del cuento. Es el cuento que todos contamos pero en el que ninguno quiere participar. Es la obra de teatro inconclusa. Es la novela a medias. Es Siberia y todas las nacionalidades y todos los géneros y todas las edades. El exilio es oír cantar la voz de una musa encima del tiempo. El exilio es soñar el cielo, es vivir el cielo: la tierra de nadie.

Manual para fontaneros

- Queda usted exiliado.

- Y bueno.

- ¿No quiere saber de qué se le acusa?

- Preferiría un expreso doble cortado.

- ¿Leche?

- No, soy indiferente a la lactosa.

- Como es natural entre lenones

- Eso es parcialmente falso. Cualquier poblano se sentiría aludido.

- Prefiero a los malteses, aunque no silban bien.

- Yo tenía un perrito. Casi gris, muy coqueto, maltés. Lo atropelló un ciclista.

- Una desgracia. Por eso prefiero los canarios en patines.

- Eso me parece repugnante. Por lo tanto queda exiliado.

- No estoy de acuerdo.

- Pero ya lo estaba, acuérdese.

- Es verdad. Una disculpa.

- Entonces queda excomulgado también. Tres rosarios y un niñito-Jesús-sal-del-copón-pega-un-brinquito-y-ven-a-mi-corazón.

- Nada de niñitos. Le canto el Cantar de los Cantares mejor, me disgusta el olor a pañal.

- Pero en arameo, de lo contrario no surte el efecto purificador.

- De acuerdo, aunque preferiría establecer un breve preámbulo.

- Si no es una elegía endecasílaba me temo que debo rechazarlo.

- Se trata de una reseña sapientísima sobre poliarquías.

- Entonces no hay trato.

- Pues bien, que al fin ya me iba.

- Pues bien, que usted ya se iba.

El acusado, sin resignación o congoja, se levantó del banquillo, hizo una profunda reverencia, recogió su viejo maletín, salió del recinto y tomó el autobús 975 o el tren recién inaugurado. Frente a él, Exopotamia y el exilio largamente anunciado.

 

Existe el exilio físico, producto de un desplazamiento, cuando una persona se ha visto en la necesidad de cambiar de residencia, voluntaria o forzosamente. Algunos escritores célebres han experimentado este fenómeno: José Martí, Milán Kundera, Thomas Mann, Juan Bosch, Leonora Carrington, por mencionar algunos. Por los exiliados en la Guerra Civil Española se creó la Casa de España en México, hoy llamada el “Colegio de México” y “El Fondo de Cultura Económica”. De ahí se hicieron María Zambrano, Luis Cernuda, Max Aub. Sin el exilio cubano, no tendríamos a Max Rojas en México ni a Eliseo Alberto, dos grandes contemporáneos.

 También existe el exilio interior, como forma de metáfora a la disensión de uno mismo desde el hogar, el trabajo,  la vida. El exilio como muerte, el exilio para encontrarse, para evolucionarse, metamorfearse kafkaniamente. Existe el exilio como forma de vida: los idealistas y soñadores. El exilio como marginación de la sociedad: callejeros,  proxenetas, homosexuales, locos, artistas, amantes, dadivosos. Sin razón o con razón propia: a la deriva, al encuentro; al destierro, al centro de la tierra. Para los que se hayan fuera, como los que han encontrado su sitio en la otredad….

de la vejez de la tarde

caminas despacio por el departamento. estás furioso. yo te observo desde el pequeño reino que es este sillón y aprieto los muslos contra él para no estallar en llanto. piensas en los motivos que tienes para dejarme y los repites, uno tras otro tras otro, como para convencerte de ellos. sabes que te amo y que lo demás no importa, pero no soportas la imagen mía en la hondura infinita de otros brazos, de mi cuerpo envuelto en el roce de sábanas ajenas.

la luz amarillenta del pasillo me lastima los ojos. quisiera revelarte la vaguedad con que beso otros labios, la dicha con que vuelvo a los tuyos, canción largamente aprendida. veo llegar la madrugada y tú no dejas de galopar sobre un caballo negrísimo y violento. el cuadro me confunde y me revienta, porque lo cabalgas y eres él al mismo tiempo. luego te vas.

me tiro en la cama hasta que escucho la puerta. está amaneciendo. te desvistes y te metes en las cobijas. como crees que estoy dormida te atreves a abrazarme (cuando pienso que te has dormido me atrevo a hacerlo de vuelta). pero pasamos la mañana despiertos, hasta que llega el mediodía y el hambre nos lleva a la cocina. sacas los platos y las cucharas, prendes el fuego, sirves el vino: me has perdonado. sé que te amo porque me entristece tu gesto de añoranza.

no hay nada más viejo que esta tarde.

Soledad y melancolía

por Raúl Bravo Aduna

A Erin, y ella sabrá por qué.

Una taza de té lo puede todo. Su aroma, en particular, puede causar que nuestra imaginación se dispare a una infinidad de situaciones distintas. Cual mnemotecnia proustiana, una galletita remojada en ese brebaje nos puede transportar a momentos muy específicos de nuestras vidas. Leer las palabras “té para tres”, sin duda, nos hacen pensar sobre sexo. Nos hace imaginar una situación que la gran mayoría de las personas, en algún punto u otro, han deseado o al menos considerado desear. Sin embargo, té para tres puede significar lo que sea: una noche de estudio, lo mismo en Suecia que en Monterrey, armonizada por la melancolía de una canción bellísima; un triángulo amoroso conflictivo; que el tiempo pause y sea embelesado con el mutismo de tres personas; una noche para drogarse, con unas tazas de mate; un mènage á trois británico, repleto de Chaucer, Shakespeare y Radiohead; etcétera. Para mí significó imaginar algo increíble pero inenarrable, intransmisible. Es una imagen potentísima, cargada de felicidad y desasosiego, belleza y obliteración. Me encuentro sentado, en un jardín, bebiendo té. Dos personas más sentadas en la misma mesa, compartiendo el momento. Borges es uno de ellos. Me platica todas aquellas cosas que siempre he querido saber sobre él, sobre su vida. De pronto, comienza a hablar sobre el oficio de escribir. El tercero interrumpe. Benja, un gran amigo que murió hace poco, interviene hablando sobre la felicidad que siempre le causó escribir. Le intento decir que me hubiera gustado despedirme de él; le intento explicar todo lo que sus palabras siempre significaron/significan para mí…

Rompo en llanto. No me puedo contener y no puedo seguir escribiendo. Para mí, té para tres significa melancolía, nostalgia. Y no puedo explicarlo, ni siquiera puedo hacer el intento.


De cómo oxidar la hierba

Retrato de una familia feliz.

Por: David Lynch

….

Arianna Bañuelos Z.

Alguien, no he recordado quién de los tres, ha aparecido en la salita de estar. Demasiada convicción para tomar una taza de té. No es invierno y tampoco la lluvia acaricia sus párpados. Se ha acercado la víspera de un juego pavoroso, al tiempo que el espejo refleja una historia de cama, y quién sabe, otros sueños penetran hasta creer que alguno adolece otro centímetro de vida. El aire ebrio ha despertado la inspiración, decidiendo ofrecer su valentía. El té verde, después de 5 minutos corroe y los traiciona.

Una mujer descruza sus brazos. Está esperando . La hora de los ángelus. Su hija siempre llega con aliento alcohólico. Sus blanquísimas manos incendiándola. Este es el último tango. Su semblante se ha sentado a la orilla de las bisagras familiares, como gente civilizada, para hallar un culpable que recuerde los días nublados. Tanta hipocresía termina por hallar el último alfiler de la inocencia: aquí todo queda dicho, los sentimientos putrefactos, los personajes que en otro tiempo soñaban una infalible solución, y ahora herejes, la obsesión de las horas marca las 11en punto. Hora del primer sorbo: amargo.

Un hombre la mira, observa con cautela. Ha preferido huir de sus tormentos. No sabe qué pensar a causa de tanto aturdimiento. Hubiera querido alcanzar y tocar a estas dos mujeres (extrañamiento y enajenación). ¿Cuándo empezó el teatro? No lo recuerda. Una pieza tras otra, el silencio va colocando una película hacia atrás, hasta que recuerda el día, con atributo infantil; su hija diciéndole: ayúdame, el mundo de hoy es más revelador que en los años de clausura. Se va envejeciendo. Sus ojos reflejan primero angustia y luego hambre, hasta provocarle náuseas de evasión. Ha preferido no degustar. Y sin embargo, por estrategia, decide un testamento ológrafo. Ha escrito que el silencio es amargo como el alma en penitencia.

Por último, por goce inmerecido, voy escribiéndome a mi misma el testimonio de divorcio. Es una tontería, porque al tiempo de clausurar la libertad de una insistencia (un delirio suficiente), yo me embriagaba de memorias. Escribí sobre una ventana que no abandonaría mi piel; y sin embargo, sentía a mi cuerpo desprenderse y colgarse de una tumba. Mi más propensa reflexión, es ahora, que el té me habla, como testigo en la salita de estar, para soportarme las pesadillas que vuelven a veces, cuando retiro lo dicho en la ventana. Y acá, en el exilio, casi con alguna euforia, hay reservas que vuelven a constatar el trago: sabor amargo.

Camila

La tarde es una de esas que inspiran a decir que sólo en México se ve la región más transparente. Llegué tarde. Camila lleva jeans y una bufanda color blanco que deja ver, a ratos, la blusa rosa. Había pedido té verde con jazmín. El mismo té verde con jazmín que tomamos, creo, en Café de Flore. Escribiría cada detalle de Camila y agotaría, sin duda, páginas completas: los hoyuelos cuando sonríe, los labios carnosos que prometen el primer beso, los ojos negros y profundos, la risa, las manos tibias y suaves y frágiles. Camila es de esas mujeres que tienen la estatura precisa. Cuando usa tacones negros vamos a cerrar un negocio. Cuando usa tacones rojos bailamos tango. Cuando usa tenis, unos puma blancos que hacen juego con la foulard del mismo color, tomamos té un par de horas y luego paseamos. La tomo de la cintura y buscamos, entre las calles, alguna puerta para entrar al cielo, para hacer poesía.

Camila me ve y me besa. Los hoyuelos en las mejillas se marcan y un rubor, no mucho, le da esa pincelada rojiza que contrasta con la claridad de la tarde. Me siento dándole menor importancia a la tercera taza vacía a mi lado izquierdo. Bonita, le digo como adelantándome a lo inevitable mientras el mesero llena mi taza, un poco de miel no basta. Ella vuelve a marcar una sonrisa y baja los ojos. Nuestro código. Platicamos de la última exposición de un checo y del último concierto. La tarde se apaga lenta. Creo que bastaría un suspiro de Camila para apagar el sol. Pero creo muchas cosas y la mayoría no son ciertas. Platicamos del vino y la cena de la semana pasada. Me platica que llevó a su sobrina al zoológico, que el trabajo va bien y que el país, nuestro país, marcha pesadamente.

La tercera taza espera. Yo no le doy demasiada importancia. Ella sí. Camila: mi pecado, mi tarde, mi té con tintes de jazmín. La silla se mueve, como por instinto volteo para encontrarme a una mujer de cabello azabache y piel blanca. Camila me toma la mano. Se levanta al tiempo que yo lo hago. Nos presenta. Saludo a Ana con un beso en la mejilla. El perfume: D&G Rose The One. Camila le regala un beso en los labios. Apenas un roce que pasaría inadvertido. Ana se sienta. El mesero llena la taza vacía. Camila no me ha soltado la mano. Yo permanezco quieto. Ana estudia danza contemporánea. Tiene una voz dulce y un acento como del bajío. Soy de Guadalajara, y le da un sorbo al té. Camila sonríe. Después de cruzar palabras, Ana se levanta, pregunta alguna cosa al mesero y entra. ¿Te gusta?, me pregunta Camila con esa mirada de pervertida inocencia. Sí. Ana regresa y se despide. Camila paga la cuenta. ¿Paseamos? Camila se ve preciosa. Suspira. El sol se apaga mientras me besa.

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