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she languorously swings her tongue
like a black leather strap as she chews
and endlessly licks the wire for salt
blown in from the harbour.
bruised-apple ed she ruminates
towards the tall buildings
she mistakes for a herd:
her gaze has the loneliness of smoke.

i think of her graceful on her plain—
one long-legged mile after another.
i see her head framed in a leafy bonnet
or balloon-bobbing in trees.
her hide’s a paved garden of orange
against wild bush. in the distance, running
she could be a big slim bird just before flight.

here, a wire-cripple—
legs stark as telegraph poles
miles from anywhere.
she circles the pen, licks wire,
mimics a gum-chewing audience
in the stained underwear of her hide.
this shy miss marigold rolls out her tongue

like the neck of a dying bird.
i offer her the fresh salt of my hand
and her tongue rolls over it
in sensual agony, as it must
over the wire, hour after bitter hour.
now, the bull indolently
lets down his penis like a pink gladiolus
drenching the concrete.

she thrusts her tongue under his rich stream
to get moisture for her thousandth chew.

judith beveridge

por Raúl Bravo Aduna

Jirafa.—Palabra fina para no

llamar camello a una mujer.

Gustave Flaubert

Hace poco escribí sobre los zapatos y Van Gogh, sobre cómo nos cuesta trabajo encontrar la belleza en lo nimio. Y es verdad. Pocos son los que tienen tal habilidad. Muy pocos, para precisar las cosas. Y en ese mundo de las nimiedades olvidadas se encuentran las jirafas, qué duda cabe. ¿O acaso, así de bote pronto, alguien puede nombrar cinco canciones, cinco libros, cinco poemas, cinco etcéteras que tengan que ver con jirafas? Lo dudo. Sé que yo no podría y eso que a mí me gustan las jirafas. No sé cómo o por qué me empezaron a gustar, pero el chiste es que se me hacen bonitas, muy divertidas.

A mamá también le gustan las jirafas. Madre y yo hemos disertado largas horas sobre ellas. Que si están bonitos sus ojos, o que si sus antenitas nos parecen cotorras, da igual; siempre encontramos algo qué decir sobre ellas. La última vez que hablamos sobre jirafas fue hace como cuatro o cinco meses. Estábamos en una sala de espera (de ésas que tienen revistas como de 1992 para que leas) y en la tele pasaban una suerte de documental sobre esos cuadrúpedos amarillentos. “¡Qué bonitas son las jirafas!”, dijo mamá. A lo que yo respondí: “Sí, son divertidísimas.” De ahí, se desembocó una conversación digna de ser contada con una canción, un libro, un poema o un etcétera (aunque no lo haré en este espacio).

Sin embargo, no todo es hermoso con las jirafas, que tanto me gustan. Por ejemplo, allá en el fondo se encuentra un grupo de niñas pipirisnais. Todas lindas, todas arregladas. De ésas. Sí, de ésas a las que todo mundo les quiere dirigir la palabra, pero nadie se atreve. El chiste es que están ahí, escotadas y toda la cosa, listas para ser “cazadas.” Todas, salvo una, parecen diosas helenas. Me acerco, con cautela, cual león que acecha su presa. Y cuando estoy lo suficientemente cerca, una comienza a hablar. “Osés qnó, no puedser, pinchiJirafa, ¿porqtgustó,güé?”, le dice a la que no parece diosa, que se asemeja a la Torre Eiffel mal pronunciada. Me intriga la conversación, pero me intriga más por qué hay una pieza del rompecabezas que no encaja con las demás. La jirafona, gigante ella, empieza a llorar. No obstante las lágrimas, se acerca a mí, sin cautela alguna. Yo, no sé qué pensar. “Te invito algo de tomar, ¿qué dices?”, me pregunta, mientras intento articular qué le voy a responder. “No, gracias, ¿sabes?, tengo novia”, le confieso. Intento recordar lo que escribió Andrés el lunes, sobre la psicología de las jirafas, o algo así. Pero no puedo. No sé qué hacer. “Eres alta, ¿sabes?, pareces jirafa”, le digo, mientras tomo consciencia de la estupidez que acabo de cometer. “¡Pelado!”, responde y me cachetea. Se va. Regresa con sus “amigas”. Yo regreso a la barra. “Un güisqui, con soda de chaser, por favor”, le pido al bartender. La miro. Sigo intentando recordar lo que escribió Andrés. ¡Al fin!

Se abstraen de esa realidad mundana y llena de polvo, evitan tomar partido y cuidadosamente desmenuzan la realidad.

Creo que el cabrón se equivocó, no desmenuzan la realidad. De ser así, la jirafona ni siquiera me hubiera dirigido la palabra. Creo que Flaubert también se equivocó. La palabra jirafa, al parecer, no es “fina.” Lo cierto es que no volveré a seguir un consejo ni de Flaubert ni de Andrés.

No importa, me siguen gustando las jirafas. Pero las de a deveras, no ésas que se enojan cuando les dices jirafas, y se indignan.

 

Arianna Bañuelos Z.

1. Hogar de las jirafas libres .     

Se ubica a 10 kilómetros Noroeste de un campo minado parecido al reclusorio 54. Los pequeños paraísos que habitan en él (es decir; pequeños pastos, pequeñas lagunas, pequeños ríos, pequeños cerebros), gozan de una perfecta armonía entre las demás especies rústicas. Lo que es placentero desde el punto de vista evolutivo, pues todo  lo enjaulado está de moda. Resultado de aquello, es la  sinfonía  de Beethoven mezclada con estanques de cocodrilos, pájaros volando, niños corriendo, hipopótamos encima de osos polares, y uno que otro delfín. A lo lejos, se han pintado unas nubes azules para simular la altura jirafal.

2.  Sueño de aquel infeliz .    

 ¿Que por qué tienen el cuello largo? Pues si no lo tuvieran, la cabeza les quedaría volando. Ahh, pero todo mundo creyó que antes de los tiempos de Dios, existía una especie de burro sin color. Después  de su casi extinción, siguió con las terapias aromáticas y de acupuntura. Hasta el punto de desarrollar una especie de bastón parecida a un cuello de tamaño desproporcionado. Así es como logró alcanzar las hojas más lejanas y no murió más.

3.  Una noche de morbo sexual.         

Resultó de su tamaño desproporcionado otro uso un poco inhabitual. Se dedicó a lamer genitales. ¿Por qué no? Si prácticamente aquel tirano le había denominado retrógada por aquellos bultos de su cabeza (parecidos a los de un camello). Y por aquella extraña razón también perdió su intelectualidad y la rapidez de cazar mariposas (es decir, darse el lujo ligero). Y al final, sólo quedó un movimiento de lengua que sirve para darle el sentido literal y descansar de las salvajadas sin más.

4.  La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y (…)          

Logró escapar a 2 millones de años luz. Cuando “Hipocondría” (la última jirafa sobreviviente) limpió la fosa séptica de los burgueses (así se lee  la definición en Wikisiempre). Y sus pequeñas manchas negras sirvieron como radares para ahuyentar los intrusos sobrevivientes en la maleza. Por cierto que ya no había homo sapiens, sino nada más una cebra de tamaño singular que había sido encarcelada por robar sus propias vestiduras.  Después comenzó la batalla de cuellos, y Jirafandia surgió de una nube, en el principio del tiempo, cuando todo era gris.

Romi

Por K

Mi primera y única jirafa se llamaba Romi. Le puse así porque en ese momento acababa de cortar con Romina. En medio de los sentimentalismos y de extrañar a cada rato, decidí ponerle Romi. No era Romina, era Romi y a Romina nunca le dije Romi. No me lo hubiera perdonado. Romi, me quedó claro desde el principio, supo quererme. Aproveché una noche para robármela del zoo de Berlín. En esa época yo regresaba de Buenos Aires y no sé bien por qué, se me antojaba pasar los días tristes de verano con una buena compañía.


El hurto no fue sencillo. Entré de noche y Romi dormía. Su madre se entretenía con los frutos de un árbol que no estaba tan alto. Salté la cerca. Me acerqué a Romi, que en ese momento corría entre una piedras y le dije que si no quería venir a pasar un verano conmigo, le dije mi nombre, le dije que venía de la pampa y que estaba triste. Por supuesto no entendió nada, pero puso su cabeza en mi hombro. Temí que me mordiera una oreja. No lo hizo. Salimos corriendo. Ella atrás de mí. Subimos al camión que había rentado y nos fuimos al aeropuerto. El viaje no tuvo contratiempos.


Lo primero que hice cuando llegamos a la casa fue ordenar un par de árboles. Luego le ofrecí un kiwi y un durazno, prefirió el segundo y a mí me hizo feliz. Todas las mañanas asomaba la cabeza por la ventana y me respiraba en la oreja. Entonces me ponía la ropa de ejercicio y saliamos a caminar. Al principio le ponía un sombrero de ala ancha que Romina había dejado de nuestro viaje a no recuerdo dónde. Pensé que así pasaría inadvertida. Después de un par de días nos olvidamos del sombrero porque nadie reparaba en nuestros paseos. Así pasamos el verano. Por estas fechas, pero en aquel año, una mujer alemana y robusta llegó a la puerta de mi casa. Antes de que dijera algo me adelante: No hablo alemán. En un español maltrecho me dijo que tenía que llevarse a Romi y me ofrecía no levantar cargos. No le dije nada, le señalé el jardín y a la no tan pequeña que comía duraznos, le dije que se llamaba Romi.

Psicología de las jirafas

Curiosos animalejos son las jirafas. Como es bien sabido, gustan ver desde arriba al resto de las criaturas circundantes. Se abstraen de esa realidad mundana y llena de polvo, evitan tomar partido y cuidadosamente desmenuzan la realidad. Pocos detalles se les escapan. Son analíticas hasta la nausea. Todo lo sopesan minuciosamente, lo ven sin pasión, sin inmiscuir sentimiento alguno. Detestan empantanarse como los hipopótamos. Son muy serias como para llevarse bien con las hienas, conocidas por burlarse de cuanto sucede. Y algunas, sólo algunas, presumen de una superioridad moral.

Las jirafas se dedican a entender la realidad. Procesos, factores, matices. Padecen serios conflictos cuando son incapaces de articular un problema o describir una situación. No obstante, cuando develan alguna verdad se sienten hondamente satisfechas y disfrutan de una felicidad bastante reposada y aún más discreta. Contentas, rumian los retoños de altura, ésos vedados para el resto de los animales.

A pesar de su elevación y de su supuesta superioridad, las jirafas no están exentas de problemas y limitaciones. Tienen enorme dificultad para relacionarse con otros, así sean okapis (los únicos parientes que poseen). Hablar a dos niveles provoca, inexorablemente, malos entendidos. Además, es casi imposible comprometer a una jirafa. Su autonomía es sagrada. Gustosas participan de reuniones, dan su opinión (bastante informada) y fingen interés, pero nadie se ha hecho amigo (en serio) de una jirafa. Porque una vez que yergue su cuello está aparte, lejos, separada de esa otra realidad que admira, detesta y desea.

Las jirafas son pésimas organizadoras. Porque, al final, nada les importa realmente; siempre tienen seguros sus retoños verdes y frescos, lejos del suelo (y nadie más habrá de alcanzarlos). Encuentran incómodo y tedioso luchar por algo. Privilegiadas y esbeltas, no tienen razones para volverse emprendedoras sociales. Está en su naturaleza estar a otra altura, respirar aires más limpios.

Los problemas surgen cuando las jirafas se enfrentan a problemas terrenales. Aparearse es una tarea complicada y embarazosa. Su dificultad para relacionarse adecuadamente con otros dificulta todo acercamiento. Acostumbradas a la refinación, resultan torpes, erráticas, al realizar actividades que para el resto de la fauna son sencillas y naturales. A las jirafas les provoca infinita tristeza su distanciamiento del resto de los seres. Caprichosa evolución la que les ha impuesto semejante barrera. Sin embargo, disimulan pacientemente, no vayan a perder la elegancia y el estilo.

jirafa y burro

Infructuoso y poco elegante intento de relacionarse con otras especies

Jirafas

Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.

Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que más parecen de ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a estas alturas, una lengua eyéctil que va más arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero.

Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran al ras del suelo.

Pero como finalmente tiene que inclinarse de vez en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros.

Juan José Arreola, Bestiario

Giraffe

Anís

Según la siempre sabia wikipedia, los orígenes del Día de Muertos se remontan a la época prehispánica, ya que hay registro de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha, nahua y totonaca. Esta festividad era conmemorada durante el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto, y era presidida por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la “Dama de la Muerte” y esposa de Mictlantecuhtli, “Señor de la tierra de los muertos”. No es difícil entender que, cuando llegaron a América, los españoles se aterraron por las prácticas salvajes de los nativos, y, en un intento de convertirlos a la fe verdadera, hicieron coincidir sus celebraciones con las festividades católicas del Día de todos los Santos y Todas las Almas.

A diferencia de la mayoría de los días festivos, a mí me gusta mucho el Día de Muertos. Disfruto el pan de muerto (este año el de la trattoria estaba particularmente rico), una taza de café con leche, el olor y color vivo de las flores de cempasuchil y la combinación agridulce de sentimientos que se me instala en el centro del pecho con la llegada de noviembre. Algunas veces, cuando niña, a mí mamá le daba por ir al mercado de San Ángel y llenar la casa de flores, papel picado y velas blancas. También compraba copal y lo quemaba en un artefacto con el que recorría cada rincón para “librarnos de malos espíritus” y “ayudar a los muertos que siguen perdidos a encontrar el camino al más allá”. Es cierto que me burlé muchas veces de sus rituales, pero la verdad es que en el fondo me encantaba sacar las fotos empolvadas de señores y señoras que no conocía pero que, extrañamente, compartían conmigo la manera melancólica de mirar, el tono apiñonado de la piel o los rizos rebeldes del cabello que hacen que me vea eternamente despeinada.

No hay duda: a la niña que fui le gustaban estos rituales. Animal de costumbres, al fin y al cabo -y tauro, por si fuera poco- me alegra pensar que el paso del tiempo, implacable como es, no me impedirá ir cada año al mercado a buscar flores para la ofrenda de mi madre. Ojalá pudiera siempre hacerlo tomada de su mano.

Writing Home

por Raúl Bravo Aduna

Alan Bennett, además de ser un gran dramaturgo, es un ensayista impresionante. En 1994 publicó una suerte de autobiografía, Writing Home, en la que se antalogan una serie de ensayos personalísimos y las entradas de sus diarios entre 1980 y 1995 (en la última edición que salió). En el ensayo con el que presenta el libro, “The Treachery of Books,” Bennett escribe lo siguiente (disculpen la falta de traducción, pero es tarde y mi cuerpo está bajo la influencia del güisqui —y la hueva):

Though I liked reading (and showed off at it), it was soon borne in upon me that the world of books was only distantly related to the world in which I lived.

Así me sentí por mucho tiempo. De niño, he de admitir, pasé demasiadas horas inmiscuido en lo que leía. En ocasiones, no podía distinguir la realidad de la ficción. Las rimas de Dr. Seuss, por ejemplo, me hacían creer que los Sneetches existían en algún lugar, nomás que yo no sabía dónde —o que, en su defecto, mamá no me quería llevar con ellos. Todos los días pensaba que alguna puerta me llevaría con algún científico loco que me enseñaría un mundo extraño y desconcertante. También, le tenía pavor a las calabazas, pues temía algún ataque de los Jack-o’-lanterns, aunque no fuera jálogüin. Hasta que, como era de esperarse, me dí cuenta que mi vida no estaba en los libros. “¡Qué infancia tan aburrida!”, dirán; pero no, no todo en mi vida giraba alrededor de los libros. También jugaba con mis Tortugas Ninja, practicaba deportes y etcéteras. Pero el punto, antes de que divague más, es que algún día me dí cuenta que yo no era un personaje de la literatura y que el mundo que leía no era el mundo que vivía.

Los años pasaron y seguí igual. Preocupado, en parte por esa tristeza de estar atrapado entre dos mundos, traté de vivir como un “niño normal.” Traté de esconder, lo más que pude, eso de andar leyendo. Aunque mis profesores siempre supieron sacar a relucirlo. Hasta la fecha, tengo un par de libros que me regalaron, que tienen un sobrecito que dice “Modern American School Library”, para recordarme esos años incómodos. Por más que intenté, esa ”maldición” siempre me persiguió —leer, no que tenga en mi biblioteca libros de otra biblioteca.

No sé si es por leer desde pequeño, pero hoy me dí cuenta que tengo un GRAN problema: no llevo un niño dentro. El niño que fui, por azares del destino, sigo siéndolo. Sigo disfrutando un helado, a cualquier hora del día. Sigo diciendo lo que pienso, sin que un politicamentecorrectómetro me detenga. Sigo corriendo en medio de plazas comerciales, si me da la gana. Sigo acostándome con mamá, para ver la tele, si me siento triste; y sigo diciéndole mamitaína, por más cursi que suene. Sigo sonriendo, simplemente por sonreír. Sigo sin poder distinguir lo que leo de lo que vivo; y de hecho, tal como Borges lo hacía, si lo distingo, prefiero la ficción. Sigo jugando a las escondidillas con la luna, y la infeliz me sigue ganando siete días del mes. Sigo abrazando lo que se interponga en mi camino cuando estoy contento. Sigo comprando juguetes y sigo jugando con ellos. Sigo llorando cuando Mufasa muere. Sigo leyendo The Wind in the Willows, cada que puedo. Sigo viendo caricaturas todos los días. Sigo brincando sobre los charcos, cuando nadie me ve. Y, quizá lo más importante, sigo creyendo que los Sneetches existen y sigo leyendo a Dr. Seuss con la misma emoción que hace diecinueve años.

Pero, quizá, sólo escribo esto para intentar regresar a mi “hogar”, a ese momento de felicidad inconmensurable en el que mi vida era, paradójicamente, tal como lo es ahorita.

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Al recurrir al monte del recuerdo, he imaginado como habríamos de estampar las sombras contra un gorrión. Donde todo empezó y la piedra fue río. Nuestra suerte cayó a un barandal sin fondo. El vidrio roto; siempre desvistiéndose en automático. Así describías la algarabía. Y yo sin decirte nada, más que inclinada sobre un papel contra el mundo, proclamaría:

“La vida es otra”.    -   Hyndra.

Irma

Arianna Bañuelos Z.

En aquel tiempo soñaba con estudiar aviación. Siempre me gustaron las cosas vistas desde una pendiente (cosa curiosa). Yo veía caer las hojas, el otoño, los días. Cuando te conocí todo era al revés. Las pendientes se volvían dinámicas. Me soltabas de mis nubes para aterrizar en un campo minado (lleno de juegos, acertijos, cosas extrañas). Todo me maravillaba. Hasta entonces nunca me supe niña (nunca fui).

Muy lentamente, también ocurrió que nos hicimos cómplices. Recuerdo como P. me ponía los pelos de punta. Una mañana decidí encelarme (todavía lo hago), porque seguramente jugabas a los novios con él. Y yo entonces, como no conocía los besos ni las caricias, me entristecía no poder estar a tu lado. Te hubiera buscado, aunque seguramente, mis lágrimas caerían como lo hacen ahora mis ojos cuando por breves momentos te vas. Desconozco si me viste triste o deprimida. La verdad es que yo era una niña distraída (nada más).

Muy rápidamente nos separamos. Después de que te mudaste a tu pueblo, los recreos fueron una tortura. Mis nubes de algodón se volvieron grises y obscuras. Perdí la inocencia y las cosas salieron a relucir (esas calamidades que yo llamaba penas). Después, no me quedó nada más que el recuerdo de tu sonrisa, tus pecas, tus ojos. Por once años recordé tus ojos. Sabría que me volverías a encontrar.

Ahora que la vida* nos ha devuelto, los memorables 80’s regresan a su lugar de origen. Me acuerdo que te gustaba hacerme reír. Todo eso tiene sentido ahora. Con más frecuencia existe un patio iluminado donde solíamos soñar despiertas. Y nada desde ese entonces ha cambiado. Hay detalles que empiezo a recordar (Star Wars, Mario Bros, Los SuperCampeones). Hubo algo de infancia feliz (eso que pudiera salvar a cualquiera; la inocencia).

Por cierto que me debes una dosis de cosquillas. Me lo debes por aquella vez de P. Yo te debo la vida (aunque ni siquiera eso lo compensa). El amor ama cuando es.

El niño que llevan dentro

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A mí la cuestión de las embarazadas siempre me ha hecho ruido. Sgeuramente esta entrada no tiene nada que ver con lo que, en un principio, se ha propuesto. Sin embargo la frase del tema es sugerente. En sentido estricto las mujeres embarazadas no llevan un niño dentro. Puede ser un bebé, un feto (una vez me contaron un “chiste” con un feto por personaje, fue muy vulgar), una bola de químicos y orgánicos que se empiezan a desdoblar hasta formar lo que después será, con una buena estrella, un ser humano.

El simple hecho de pensar en este ser desarrollandose en una mujer me hiela la sangre. Ya no hablar de la salida del pequeño: intentén sacar una sandía por donde sólo sale una ciruela. En pocas palabras: está cabrón. Y luego, al salir, los chorros de sangre y los gritos de la mujer y… Pero hablemos de cuando está adentro. Hablemos de cuando está adentro y la mujer comienza a sufrir esa transformación llamada embarazo. Sí, claro, las mujeres embarazadas son hermosas y bla bla bla. Me parece una falta a la estética y por no violentar (pues es martes) sólo diré que los cánones de belleza pueden resultar de muchas maneras, y si bien las mujeres embarazadas tiene cierto algo, no necesariamente ese algo es belleza (sucede como con las novias: no todas las mujeres vestidas de novia son bonitas).

Llevar un niño dentro, sentir que se mueve, como una especie de pescado dentro de una bolsa de plástico pero dentro de un cuerpo. No lo sé. No lo entiendo. Algo de especial ha de tener. Y tanto así, que un gran porcentaje de las mujeres creen que es una cuestión maravillosa. No lo entiendo y no espero hacerlo. Simplemente tener un pequeño sujeto adentro… Me excede.

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