
no hay otros paraísos que los paraísos perdidos
-JLB
bajo riesgo de caer en un lugar común, me atrevo a pensar en la muerte como el silencio definitivo. en algunos casos, este silencio llega repentinamente: en un accidente de coche, por ejemplo. en otros, el mundo simplemente se va callando con la vejez, de tal modo que hay quienes viven esperando la muerte (disculpen: otro lugar común) y deseando solamente que ésta llegue con gentileza.
ninguno de los dos casos fue el suyo.
la muerte se instaló en ella con cierta cautela, filtrándose como agua en una pared de piedra en la que –a simple vista- no puede advertirse defecto alguno. cobró la forma de un minúsculo adenocarcinoma en el páncreas, de un catéter para la quimioterapia, de un reconocido oncólogo albino.
nadie la vio entrar aquél día de diciembre. tuvieron que pasar varios meses para que, una tarde de julio, yo la notara (a ella, a la muerte) sentada con nosotros a la mesa, comiendo nuestra comida, bebiendo nuestro vino y sin ninguna intención de marcharse. desde entonces empezó a establecer un diálogo con mi madre, al principio con cuchicheos y después a gritos, con la intensidad de dos amantes que se han seguido los pasos toda la vida sin lograr nunca toparse frente a frente. no sé qué le decía la flaca para convencerla de seguirla y no sé con qué armas luchó ella para quedarse. sé que fracasó.
su ausencia es el único silencio que yo conozco. a veces, por las noches, intento pensar en el sentido de haberme quedado aquí, tremenda, irremediablemente sola. le doy vueltas en mi mente a su extraña manera de despedirse y escarbo en mis recuerdos en busca de su olor, el tono de su voz o el color exacto de su cabello. intento que sus fotos empiezen a tener el movimiento que ella no tuvo en los últimos meses, que su letra recobre claridad. no logro nada más que un terrible dolor de cabeza.
(sí, ya lo sé: siempre termino hablando de ella. paradójicamente, no hay presencia más constante que la que ha partido)
Gibrán Monteverde nació en la ciudad de Tapachula, Chiapas, el 12 de agosto de 1956. Nacido en una familia de recursos, desde muy pequeño tuvo acceso a la biblioteca familiar, en la que pasó largas horas de su –según él la describe- solitaria infancia.
*
Iz hay cosas que nunca se quedan totalmente en silencio. Como esas viejas cajitas de música con bailarinas en el centro, en donde el sonido es apenas perceptible. O como el silencio del campo, que pareciera ser un mutismo total, pero al escuchar detenidamente descubres un millón de sonidos. Tu mami jamás sera un silencio, es tan solo una ausencia de voz, pero que sigue sonando en otras melodías cotidianas. Ella está en el sonido de tus latidos, en el leve sonido del viento que juega con tu cabello cuando paseas a tus perritas y en el sonido de tus risas, que también son las tuyas.
No tengo palabras para ésto, y mucho menos para los paraísos del silencio.
Lo siento mucho.
Las almas que saben amar nunca callan, y muchas veces en el silencio hay paz. Querida poeta ánimo, que tus palabras nunca encuentren el silencio.
Cautivaste mi atención y mi mirada con tus palabras, súblime manera de narrar un hecho tan nostálgico y con una profundidad poética en cada suceso que compartes. Lamento tu perdida, y agradezco mucho que hayas compartido un pedazo de tu memoria que se quedará en la mía para siempre. Saludos
Y qué decir.
creo que en esta ocasión el silencio no debe de existir. Tu mamá es la mejor melodía que puedes tener. Sí, ella te calló en varias ocasiones, pero el amor por ella rebasa cualquier silencio. Siempre vas a tener su dulce voz en tu mente, no??
Buona sorte in tua vitta!!!
Nosotros somos los que debimos morir
Muy buen título, así empieza El Extranjero.
GRACIAS IZ, UN BESO Y UN ABRAZO GIGANTE, ADORO TU FORMA DE ESCRIBIR.