ruleteros
julio 19, 2010 por cafenpolvo

Imposible conocer toda la ciudad. Imposible saber el estilo arquitectónico de cada edificio, el nombre de cada hombre y mujer ilustre que yace en el panteón de San Fernando, la especialidad de cada bar de la Condesa, los ingredientes de la salsa de todos los puestos de tacos, cada atajo para llegar a ciudad Satélite, cada pequeña historia de fascinación, amor, desengaño, terror o soledad que alberga esta ciudad. Ciudad infinita, ciudad que se come a sí misma, que crece segundos pisos y circuitos bicentenarios, que diario escupe desde sus entrañas millones de pasajeros del metro, que se baña en aguaceros, en aguas negras, que consume a diario un poco de la vida de los que habitamos en ella. Ciudad de los palacios, de las pulcatas arcaicas, de las barriadas sin fin, de las marchas y los plantones, de los altares a la Santa Muerte, de los matrimonios entre personas del mismo sexo, de las anécdotas de Frida y Diego, de la hegemonía perredista, de hacer seis horas de Iztapalapa a la Central del Norte.
Son precisamente los ruleteros, esos bichos que la recorren a diario, los que permiten una aproximación al día a día de la urbe. Son ellos los que conocen los recodos, los que distinguen los cambios rápidamente, los que son afectados por la nueva mega-construcción del siguiente presidenciable, los que cuentan las anécdotas nocturnas de travestis y sexo en la cajuela o en lo oscurito, los que padecen (y en ocasiones combaten o propician) el crimen y la inseguridad. Son ellos los que ven desfilar en sus asientos traseros a la diversidad defeña: desde el niño popof que tiene que regresar del torito hasta la desempleada que va tarde a una entrevista, pasando por el Godínez, la señora gorda, los chavos banda, los briagos, los callados, los que sólo se besan, los que conversan en otro idioma para que el taxista no se entere (y para echarle crema a sus tacos), los apestosos, los casi desvestidos, los abrigados y uno que otro turista despistado al que se le perdió el turibus.
Los ruleteros, esos que igual cuentan sus experiencias freudianas (sexo con gallinas incluido), buscan convencer solemnemente que el PRI es grande y que sí sabe gobernar, se quejan del último acontecimiento (ya sea mal clima, que una vez más perdió la selección o que una calle importante está bloqueada quién sabe por qué), son los adecuados para preguntar por el bar más barato y con mejor ambiente de la zona, o por el museo más distinguido, o por la oficina gubernamental donde las probabilidades de ser atendido son mayores a cero. Porque también en el gremio de los taxistas se constata la pluralidad del D.F.: los hay con dos licenciaturas, obsesos sin oficio ni beneficio, simpáticos y dicharacheros, eruditos en letras hispánicas, ex policías de la AFI, callados y solemnes, despatarrados, colmilludos, braceros que tuvieron que regresar por causas de fuerza mayor, sin o con esperanzas en el futuro. Las razones para ruletear son igualmente variadas. Hay desde quien lo hace por no aburrirse, hasta quien lo hace porque no le queda de otra. También los hay de lujo, de confianza y, para no fallar, piratas.
Son ellos los que aman y odian a diario la ciudad de asfalto, ciudad de garnachas y ciclovías inoperantes, ciudad de romances duraderos y efímeros, ciudad de congales y lupanares sin licencia, ciudad llena de basura y ambulantes, ciudad de desigualdades y sorpresas, ciudad de ejecutivos de traje y corbata, ciudad de monumentos históricos y pirámides en ruinas, ciudad vanidosa que gusta verse a cada instante reflejada en el retrovisor de algún ruletero.
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