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Archive for the ‘despedidas’ Category

Los relojes se escurren por las paredes. Algo suena de fondo, una musiquilla que no he logrado descifrar pero que conozco. Los relojes se deshacen en las paredes color beige. Es un cuarto cerrado. Alcanzo a ver la puerta. La iluminación es cómoda y deja ver con claridad lo necesario. Sé que amanecerá en martes. A lo lejos suenan los caballo que me dice que la diligencia ha llegado. Me veo las manos. Tienen puntos. Muchos puntos. Puntos de algún objeto metálico.

Cada uno de los relojes marca una hora distinta y está en movimiento. Todos excepto uno, uno que parece estar al fondo de la habitación y que ostenta un péndulo acusador. Ese reloj marca las doce. Por un momento creo estar en medio de una fiesta de máscaras. La preocupación de que aparezca un personaje siniestro me impide cerrar los ojos que se bañan en lágrimas por el esfuerza. Cierro los ojos. Los caballos hablan afuera, furiosos, atentos, prestos para la marcha que durará algunos días. Es posible que Carmilla se encuentre dentro del carruaje. Una nueva imagen me hace pensar que será Claudia. Las visiones son borrosas. Los ojos me arden como dos encendedores a punto de terminar con el combustibles. El reloj no ha sonado. Nadie asistirá a esta habitación que me escupe de momento sin que la puerta se abra.

Hay tres corceles negros formando un triángulo. Me preocupa el acomodo, deberían ir en parejas. A lo lejos escucho como el péndulo se mece y el reloj apunta las doce. El lugar se hace negro. La puerta se abre y tres escalones rechinan. El conductor, con un sombrero que es más bien una capucha me extiende la mano. Le doy una monedas en espera de que la diligencia se convierta en una balsa y yo cruce un río. La oscuridad me ha aliviado la acidez de los ojos. Como por costumbre me busco el sombrero y doy un paso al primer escalón que suena seco. No había reparado en que estoy usando las botas de montar que me dio mi madre hace algunos años.

Adentro está ella. Ella que no es Carmilla, ni Claudia, ni mujer alguna que logre recordar. Me extiende la mano. La atraigo hacia mí en un movimiento preciso. Algo en los ojos le brilla. La beso. Los caballos gritan el idioma de Jesucristo y empiezan la carrera. No sé cuánto tiempo pasará para llegar de nuevo a la habitación y ver los relojes. Ella es demasiado blanca para su bien, demasiado blanca para evitar morderla y poseerla. Pasará tiempo para que pueda vestirse de nuevo. Pasará tiempo para que sepa su nombre. Pasará tiempo para que la olvide y la encuentre de nuevo con otro cuerpo, con otro rostro, con otras piernas abrazándome la espalda.

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i

me inquieta lo que se esconde detrás de los espejos. me asomo a ellos en busca de la fórmula que determina el vuelo de los pájaros, del oscuro universo en que te habito y te abandono.

necesito aprender a interpretar los signos divinos que aparecen por momentos dibujados en mi cuerpo o en las oscuras palabras de algún personaje onírico. adivino ahí un mensaje urgente para mí, la clave para descifrar a dios.

ii

encuentro a dios en la cruz que señala el tesoro escondido entre mis pechos. es el  primer trazo de la primera letra de la primera palabra escrita. también esta letra que escribo ahora. dios está en la soledad del más maldito de los poetas, en la bondad del hombre más virtuoso. en la mediocridad de cualquiera de ellos. las  especias de cocina: ese es el olor de dios.

iii

hay una tormenta perpetuamente anunciada en mis entrañas. despierto siempre  temiendo que sea el día, pero el agua apenas me moja los talones.

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las noches son así

i

el alba me sorprende en una esquina desierta: he sobrevivido a la noche.

las noches son olas vanidosas; pesadas hirientes olas cargadas de ballenas blancas. las paredes de la cueva donde dibujaba con su sangre el primer hombre. las noches tienen el hábito del rechazo, de gozos con un hemisferio oscuro, de las algas que brillan en el fondo.

escúchame:  las noches son así.

las olas son abismos en los que habito. afuera están los amigos, la música de los sueños, las cenizas amargas del olvido. cosas inservibles para mi corazón hambriento.

palabras, cualquier palabra, tu risa: tú tan perezosa e incesantemente bella. hablamos y has olvidado las palabras.

el alba quebrada me encuentra en una esquina desierta de mi ciudad.

queda tu silueta dándome la espalda, los filosos sonidos que te nombran, la cadencia de tu risa. debo llegar hasta ti de algún modo: quiero tu rostro oculto, la sonrisa burlona y solitaria que solamente tu espejo conoce.

ii

¿cómo puedo conservarte?

te ofrezco calles lastimadas, ocasos irritados, la luna de los ásperos arrabales.

te ofrezco mis antepasados, mis muertos, los fantasmas que honrados han sido en mármol: el padre de mi padre asesinado en la frontera de buenos aires, dos balas perforando sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en el cuero de una vaca.

te ofrezco la amargura de un hombre que ha detenido largamente su mirada en la soledad lunar. es tuya la memoria de una rosa imaginaria, la invención apresurada de los números, la mariposa que con sus alas agita al universo.

soy el imperio y tú los 900 conquistadores que lo han destruido. el apetito de mi corazón lleva tu nombre.

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I. Video kill the radio star
Lo peor que me ha pasado es ver una foto de Sara Jackson-Holman porque ahora creeré que canta bien. Sirva de pretexto escucharla para saber que lo hace bien y verla para saber que lo hace muy bien. Si revoluciona o no, si le copia a otra Sara o no, si es virgen o no, me importa un chícharo. Voz dulce, mujer guapa (a mí las mujeres con la piel muy blanca y cabello muy negro, me pueden… mucho) y una buena propuesta. Por lo demás está bien. Un poco lo que me pasó con Zooey Deschanel y She & Him. Un poco lo que me pasó, también, con Goldfrapp, pero diferente. Y un poco lo que me pasó cuando escuché la partita 3 para violñin de Bach en los ojos de Hillary Hann.


II. Sara Jackson-Holman
Sara Jackson-Holman entra despacio y con la voz hecha pedazos. Estamos en un hotel de paso. Hay mitades de naranja por todo el cuarto. Mitades de naranja y velas. Ella me ve de lejos. Yo no soy yo sino alguien más. Lo sé por el tono de voz que sale de mi garganta cuando le digo: ven. Ella se acerca, cada pisada débil en una de las mitades de naranja resulta en un árbol. Un árbol que nace y da nuevas mitades. Siempre mitades, como pequeñas cazuelas ásperas. Ella se acerca a la cama de hojas e hilos egipcios. Pone su boca en mi oreja. Yo sólo quiero que se tienda sobre las hojas. Ella dice: Despierta.


III. La chica de la gran manzana
La chica que vino de la gran manzana y que irá a la gran manzana ha tenido bien en compartirme sus gustos musicales. Me he convertido en esponja y he oído, a tiempo y a destiempo, la música que me ha regalado. Cuando a uno lo regalan con música, no queda más que estar agradecido. La música, como pensaba Schopi, cuenta el secreto más oculto de la voluntad y a veces, dice sin palabras: Plumb, Elizabeth and the catapult, Corinne Bailey Rae, un montón de soundtracks: viejos grupos, nuevas voces, de la A a la Z. He pensado cambiar a mi psicoanalista por la Miss de música, pero la Miss no puede recetar pastillas, lo cual nadie quiere que pasé. He pensado en (espero que esto no lo lean ojos equivocados porque me divorcian), he pensado, decía, en fornicar con la Miss de música. La verdad es guapa y atractiva y sexy y… muy sexual. Creo que debería buscarla y llevármela a un rincón y ponerle una especie de altar con cosas dulces.

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{montaña de greg eason}

angustia, la: no me deja descansar. la siento en el estómago y en los muslos, como si hubiera una marioneta mecánica encima de mí, asfixiándome, balbuceando en su lenguaje de metal algo parecido a los poemas que no me pertencen.

antes lloraba. ahora vomito en las madrugadas. vomito el coraje y la duda que todo lo empaña. las ganas que tenía de volver y las ganas que tengo ahora de largarme. luego amanece y la verticalidad del mundo me lo recuerda: somos la materia más quebradiza que existe. pero respiras a mi lado y qusiera descansar en ti, aunque sepa que hacerlo es descansar en el vacío.

estoy harta de la pluma y del teclado. sería un alivio que otros contaran nuestra historia.

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raúl e. aduna

antes que cualquier cosa, tuvimos que aprender a despedirnos. casi siempre es lo mismo: estar en el aeropuerto desde —muy— temprano, predispuestos a llorar, a regresar a nuestras no-vidas y tener que esperar, nuevamente, quién sabe cuánto tiempo (2,3 semanas que,fácilmente,se convier/ten-en 7,9 de ellas), mientras la gente a nuestro alrededor dice

“míralos,qué

ridículos/jóvenes/lindos/ patéticos/enamorados/ tristes/des-/afortunados/simpáticos/estorbosos/et/caetera”

en inglés,chicano,inglés-chicano-español,ohastaenárabe. nuestras despedidas son tristes, sí, pero me hacen

pensar, inevitablemente, en nuestras bien-venidas. ya sea en benitojuárez, pdX, laX, no-fX o mXpX siempre son iguales,deliciosas.

despedirnos es difícil, pero el tiempo que pasa entre mes y mes, día y día, aeropuerto y aeropuerto, al final, siempre parece como si simplemente nos hubiéramos dado la vueltayregresado.

a/sí,-n más.

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Mi querida Anaïs,


¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en la sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo incasable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.


Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia,  nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de  mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.


Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós,


Tuyo siempre,

Henry

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