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Archive for the ‘Julio 2010’ Category

Los relojes se escurren por las paredes. Algo suena de fondo, una musiquilla que no he logrado descifrar pero que conozco. Los relojes se deshacen en las paredes color beige. Es un cuarto cerrado. Alcanzo a ver la puerta. La iluminación es cómoda y deja ver con claridad lo necesario. Sé que amanecerá en martes. A lo lejos suenan los caballo que me dice que la diligencia ha llegado. Me veo las manos. Tienen puntos. Muchos puntos. Puntos de algún objeto metálico.

Cada uno de los relojes marca una hora distinta y está en movimiento. Todos excepto uno, uno que parece estar al fondo de la habitación y que ostenta un péndulo acusador. Ese reloj marca las doce. Por un momento creo estar en medio de una fiesta de máscaras. La preocupación de que aparezca un personaje siniestro me impide cerrar los ojos que se bañan en lágrimas por el esfuerza. Cierro los ojos. Los caballos hablan afuera, furiosos, atentos, prestos para la marcha que durará algunos días. Es posible que Carmilla se encuentre dentro del carruaje. Una nueva imagen me hace pensar que será Claudia. Las visiones son borrosas. Los ojos me arden como dos encendedores a punto de terminar con el combustibles. El reloj no ha sonado. Nadie asistirá a esta habitación que me escupe de momento sin que la puerta se abra.

Hay tres corceles negros formando un triángulo. Me preocupa el acomodo, deberían ir en parejas. A lo lejos escucho como el péndulo se mece y el reloj apunta las doce. El lugar se hace negro. La puerta se abre y tres escalones rechinan. El conductor, con un sombrero que es más bien una capucha me extiende la mano. Le doy una monedas en espera de que la diligencia se convierta en una balsa y yo cruce un río. La oscuridad me ha aliviado la acidez de los ojos. Como por costumbre me busco el sombrero y doy un paso al primer escalón que suena seco. No había reparado en que estoy usando las botas de montar que me dio mi madre hace algunos años.

Adentro está ella. Ella que no es Carmilla, ni Claudia, ni mujer alguna que logre recordar. Me extiende la mano. La atraigo hacia mí en un movimiento preciso. Algo en los ojos le brilla. La beso. Los caballos gritan el idioma de Jesucristo y empiezan la carrera. No sé cuánto tiempo pasará para llegar de nuevo a la habitación y ver los relojes. Ella es demasiado blanca para su bien, demasiado blanca para evitar morderla y poseerla. Pasará tiempo para que pueda vestirse de nuevo. Pasará tiempo para que sepa su nombre. Pasará tiempo para que la olvide y la encuentre de nuevo con otro cuerpo, con otro rostro, con otras piernas abrazándome la espalda.

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chilanga banda

aunque noventera, la letra de esta canción es una buena aproximación al léxico y al folclor chilango. cortesía del grupo sateluco, Café Tacvba.

Ya chole chango chilango 
que chafa chamba te chutas 
no checa andar de tacuche 
y chale con la charola 

Tan choncho como una chinche 
mas chueco que la fayuca 
con fusca y con cachiporra 
te pasa andar de guarura 

Mejor yo me echo una chela 
y chance enchufo una chava 
chambeando de chafirete 
me sobra chupe y pachanga 

Si choco saco chipote 
la chota no es muy molacha 
chiveando a los que machucan 
se va en morder su talacha 

De noche caigo al congal 
no manches dice la changa 
al choro de teporocho 
en chifla pasa la pacha 

Pachucos cholos y chundos 
chichinflas y malafachas 
aca los chompiras rifan 
y bailan tibiri tabara 

Mejor yo me echo una chela 
y chance enchufo una chava 
chambeando de chafirete 
me sobra chupe pachanga 

Mi ñero mata la vacha 
y canta la cucaracha 
su choya vive de chochos 
de chemo, churro y garnachas 

Pachucos cholos y chundos 
chichinflas y malafachas 
aca los chompiras rifan 
y bailan tibiri tabara 

Transeando de arriba abajo 
ahí va la chilanga banda 
chin chin si me la recuerdan 
carcacha y se les retacha

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Nadie conoce la Ciudad de México como yo, me dice Amadeo Salvatierra dándole un sorbo largo a su famoso mezcal Los Suicidas. Esta ciudad, muchacho, tiene la magia de las grandes ciudades, también es un desastre, un pequeño caos contenido en cada uno de sus millones de habitantes. Y, ¿sabes una cosa?, nadie termina de conocerla y es rebelde: una potra zaina. Nadie puede domesticarla y recorremos sus calles, sus banquetas y las noches en el centro. Aquí por ejemplo, pásame ese libro de allá, trae un poema de Cesárea Tinajero que te quiero leer. Amadeo, le digo, estábamos hablando de la Ciudad, del centro, de lo que conoces. Ah, qué muchacho, eres como esos realvisceralistas, bien desesperadote, pásame Los Suicidas y sírvete otro, no te me seques como las plantitas del desierto.


Amadeo Salvatierra me contó de sus aventuras en la UNAM, de las vecindades del centro, del barrio bravo, de los cafés de chinos, del café en la calle de Veracruz, de la colonia Condesa, de cómo Ciudad Satélite se convirtió en una referencia obligada en los setenta y luego cambió la percepción en los ochenta y en los noventa. Y luego vino la descripción de la fauna urbana de la Merced con las señoras que salen por el mandado, de los vendedores del mercado de Sonora que comercian con animales y artículos de brujería, de los estudiantes de la UNAM.


Y el 68, si lo hubieras visto muchacho, pásame la botella, todos esas voces que el pinche gobierno sólo pudo callar a punta de pistola, todos esos sueños revolucionarios por cambiar este país, eso sí que lo vio la ciudad, que es muy vieja, más que tú y que yo, más que tú, que eres apenas un chamaco; y luego lo del 71, pero no pudieron con nosotros esos jijos, nunca pudieron con los estudiantes ni con la poesía. La ciudad está viva muchacho, ah qué muchacho, para que me vienes a preguntar, salte a cualquier calle, a la avenida de los Insurgentes de noche o de día, ve cómo respira, ve las putas en la esquinas, esa es nuestra ciudad muchacho, esa que nos permite verla con todas sus caras felices y todas sus caras tristes, está llena de brillo y de suciedad, con jijos padrotes y viejitas que van a la iglesia y chamacos como tú, pero mejor pásame Los Suicidas y vamos a hablar de poesía.

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I. El lector
No recuerdo la primera vez que la vi. De lo que sí me acuerdo es de la primera vez que me regaló un libro. Tocó la puerta a media tarde. Yo estaba solo escribiendo algún informe o leyendo alguna cosa. Cuando abrí entro como la entran los últimos latidos del sol por la ventana. Se sentó en una silla y me buscó algo en su bolsa. Me dijo que me traía algo y la búsqueda se hizo más veloz. Así apareció, en su mano derecha, El lector de Bernhard Schlink. Me lo extendió y me dijo unas palabras que recuerdo muy bien pero que ahora, y no sé por cuánto más, guardo para mí. Ese fue nuestro primer encuentro. No es que no nos conociéramos, sino que empezamos a conocernos esa tarde. Ella había trazado un puente y yo, en medio de esa sustancia viscosa que a veces es la tarde, quedé prendado. Juré que me había hecho el día. La verdad es que hizo un poco más, nos despedimos con un abrazo.

II. Camarones y sabor marino
La mesa estaba lista. Dejé el auto enfrente del restaurante. Apareció en medio de un pequeño local con cartas impresas en papel trazado. Esa vez tomamos vino y comimos paella. La discusión trascendió la literatura y la comida. Celebré con un espresso y un Hennesy. Celebré el encuentro, la charla, la buena comida y los momentos de su sonrisa y su mirada fija. Celebré hasta que pasó el tiempo, hasta que la tarde, de nuevo como una sustancia viscosa, nos anunció la partida. Esa vez no le tomé la mano. Ella, siempre altiva, jamás me perdonó el gesto. Yo no supe explicarle por qué. Nunca sé explicar por qué, la lengua se me hace pliegues y la cabeza se me va a otro lado. Le quise contar que soy un sujeto directo, le dije (cual bachiller) que los camarones me habían dejado las manos llenas de sabor marino y ella, ella se enfadó un poco. Nos despedimos en un lugar cercano, nos despedimos por teléfono, nos despedimos sin pretensiones, nos despedimos con cierta brisa de deseo.

III. El vestido de Brujas
Cenamos en París. Ella venía del Cairo. Yo de Viena. Quedamos en encontrarnos por esta fechas para regresar juntos a México. Ella se marcharía del país. Yo me quedaría no sé cuanto más. Ella viajaba ligera. Le compré un vestido en Brujas: negro y lo suficientemente largo para dejar ver, a veces, el udyat en su pantorrilla. Creo que ya no cenamos camarones, creo que no nos tomamos la mano, creo que hablamos del Cairo y de París y de la fiesta en donde no pudimos encontrarnos. Hablamos de la despedida y de los planes, de lo bien que se siente encontrarse a un desconocido conocido en medio de una ciudad extrañamente familiar. Pedimos una viuda y nos amanecimos en medio de risas y palabras medidas. Mi tren partía a la mañana siguiente, su avión dos días después. Le regalé unas flores del mal y una foto de la torre. Le dije un par de cosas cuando en sol anunciaba Champs-Élysées. El verano sabía diferente. Caminamos. Nos despedimos muchas veces. Al final sólo quedó un abrazo.

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para encuentros, éste:

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Futbol Playero

I. El  futbol

Hace mucho tiempo que dejé de ver el futbol y con más razón el de la liga mexicana que, sencillamente, me parece una mierda completa, real y  repugnante. La mediocridad de la liga llega a niveles preocupantes, por cada buen partido, hay entre veinte y treinta malos. Fuera de México, las cosas pueden cambiar, la liga española o la inglesa o la italiana (y un largo etcétera) seguro tienen su encanto; a mí me da igual. Los mundiales, un poco también, lo que veo con un poco más de regularidad (y un poco más de regularidad es cinco o seis partidos) es la Eurocopa. Lo demás me importa poco menos que una calabacita de esas que están rellenas de queso.


II. Mundial

El Mundial me ha valido un poco. He bebido en los partidos de México. He disfrutado de las holandesas y españolas y mexicanas y alemanas y las otras chicas guapas. Disfruté, no miento los buenos goles y los buenos partidos, también me enojé con la selección y recordé que El Vasco también tiene madre. No insulté a la familia de Guille (mucho menos tiré del cabello de su mujer), pero sí le grité en repetidas ocasiones. También hice una quiniela en la que ocupé el pudoroso último lugar. Me gustan las semifinales y estaré contento si a la final llega a Alemania y Holanda (el argumento “shakiresco” de que la copa se quede en América me importa un carajo y me parece, por demás una completa idiotez).


III. Futbol Playero

Lo que sí vi, bajos los efectos de Baco, fue un partido de futbol playero. Lo disfruté pero, ¿qué carajos no se disfruta en la playa? Fue un partido de esos sinceros, con dos camastros de porterías, un balón suave, mucho sol, mucha arena volando y árbitro vestido de naranja y bermudas y un silbato. El sol en alto, el azul de fondo y Cozumel, con sus viejos ojos de arrecife viendo cómo la pelota saltaba para alcanzar el sueño de marcar un tanto y seguir con el juego. No me di por enterado quien ganó al final, pero se veía que no les importaba gran cosa.

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Aunque eso del “deporte más bello del mundo” me parece una franca exageración, además de cursi, no puedo negar la importancia del futbol. Opio de masas, excusa perfecta para restarle a la ya mermada productividad del país, he de confesar que gracias a las quinielas y los amigos he disfrutado bastante este mundial. Mucho más que los anteriores. Y, ya decididas las semifinales, es buen momento para abordar el tema desde diversas aristas, aquí, en Café Soluble.

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