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i

me inquieta lo que se esconde detrás de los espejos. me asomo a ellos en busca de la fórmula que determina el vuelo de los pájaros, del oscuro universo en que te habito y te abandono.

necesito aprender a interpretar los signos divinos que aparecen por momentos dibujados en mi cuerpo o en las oscuras palabras de algún personaje onírico. adivino ahí un mensaje urgente para mí, la clave para descifrar a dios.

ii

encuentro a dios en la cruz que señala el tesoro escondido entre mis pechos. es el  primer trazo de la primera letra de la primera palabra escrita. también esta letra que escribo ahora. dios está en la soledad del más maldito de los poetas, en la bondad del hombre más virtuoso. en la mediocridad de cualquiera de ellos. las  especias de cocina: ese es el olor de dios.

iii

hay una tormenta perpetuamente anunciada en mis entrañas. despierto siempre  temiendo que sea el día, pero el agua apenas me moja los talones.

23:57

raúl e. aduna

no( puedo dormir (es novedad

mañana—estoy allá—mientras compro flores(tás ba

ja

ndo del avión

,

te espero. hoy estoy—tal vez, en el ayer(de hace dos meses (en que

llorábamos[ridículos, tristes, a

dor

mi

la/ dos—esperando que

s

e

a

mañana

Fuente: zenzi.org

Tres encuentros

I. El lector
No recuerdo la primera vez que la vi. De lo que sí me acuerdo es de la primera vez que me regaló un libro. Tocó la puerta a media tarde. Yo estaba solo escribiendo algún informe o leyendo alguna cosa. Cuando abrí entro como la entran los últimos latidos del sol por la ventana. Se sentó en una silla y me buscó algo en su bolsa. Me dijo que me traía algo y la búsqueda se hizo más veloz. Así apareció, en su mano derecha, El lector de Bernhard Schlink. Me lo extendió y me dijo unas palabras que recuerdo muy bien pero que ahora, y no sé por cuánto más, guardo para mí. Ese fue nuestro primer encuentro. No es que no nos conociéramos, sino que empezamos a conocernos esa tarde. Ella había trazado un puente y yo, en medio de esa sustancia viscosa que a veces es la tarde, quedé prendado. Juré que me había hecho el día. La verdad es que hizo un poco más, nos despedimos con un abrazo.

II. Camarones y sabor marino
La mesa estaba lista. Dejé el auto enfrente del restaurante. Apareció en medio de un pequeño local con cartas impresas en papel trazado. Esa vez tomamos vino y comimos paella. La discusión trascendió la literatura y la comida. Celebré con un espresso y un Hennesy. Celebré el encuentro, la charla, la buena comida y los momentos de su sonrisa y su mirada fija. Celebré hasta que pasó el tiempo, hasta que la tarde, de nuevo como una sustancia viscosa, nos anunció la partida. Esa vez no le tomé la mano. Ella, siempre altiva, jamás me perdonó el gesto. Yo no supe explicarle por qué. Nunca sé explicar por qué, la lengua se me hace pliegues y la cabeza se me va a otro lado. Le quise contar que soy un sujeto directo, le dije (cual bachiller) que los camarones me habían dejado las manos llenas de sabor marino y ella, ella se enfadó un poco. Nos despedimos en un lugar cercano, nos despedimos por teléfono, nos despedimos sin pretensiones, nos despedimos con cierta brisa de deseo.

III. El vestido de Brujas
Cenamos en París. Ella venía del Cairo. Yo de Viena. Quedamos en encontrarnos por esta fechas para regresar juntos a México. Ella se marcharía del país. Yo me quedaría no sé cuanto más. Ella viajaba ligera. Le compré un vestido en Brujas: negro y lo suficientemente largo para dejar ver, a veces, el udyat en su pantorrilla. Creo que ya no cenamos camarones, creo que no nos tomamos la mano, creo que hablamos del Cairo y de París y de la fiesta en donde no pudimos encontrarnos. Hablamos de la despedida y de los planes, de lo bien que se siente encontrarse a un desconocido conocido en medio de una ciudad extrañamente familiar. Pedimos una viuda y nos amanecimos en medio de risas y palabras medidas. Mi tren partía a la mañana siguiente, su avión dos días después. Le regalé unas flores del mal y una foto de la torre. Le dije un par de cosas cuando en sol anunciaba Champs-Élysées. El verano sabía diferente. Caminamos. Nos despedimos muchas veces. Al final sólo quedó un abrazo.

para encuentros, éste:

Encuentros

Siempre me ha gustado la generación de sentimientos que produce un encuentro. El encuentro con la chica de la prepa, el de un amigo que se casa, el de una novia de hace años. Los encuentros son esa sorpresa que, por más que se sepa no deja de estar ahí. También los hay sexuales, uno de esos en los que después de beber y bailar terminas por descubrir en medio de las piernas de una mujer a la que adivinarás el nombre por la mañana. Hay encuentros que te revelan, hay otros de uno mismo. Yo prefiero mis últimos encuentros y el de Celine y Jesse en Viena, también prefiero el que tienen diez años después en París, pasar por ambos significa quererlos y quererlos significa dejarlos ir.

Paul, el pulpo

Se podrá decir lo que sea del mundial, pero la verdad, la puritita verdad es que Paul, el pulpo, es el único que se puede llevar las palmas.

Futbol Playero

I. El  futbol

Hace mucho tiempo que dejé de ver el futbol y con más razón el de la liga mexicana que, sencillamente, me parece una mierda completa, real y  repugnante. La mediocridad de la liga llega a niveles preocupantes, por cada buen partido, hay entre veinte y treinta malos. Fuera de México, las cosas pueden cambiar, la liga española o la inglesa o la italiana (y un largo etcétera) seguro tienen su encanto; a mí me da igual. Los mundiales, un poco también, lo que veo con un poco más de regularidad (y un poco más de regularidad es cinco o seis partidos) es la Eurocopa. Lo demás me importa poco menos que una calabacita de esas que están rellenas de queso.


II. Mundial

El Mundial me ha valido un poco. He bebido en los partidos de México. He disfrutado de las holandesas y españolas y mexicanas y alemanas y las otras chicas guapas. Disfruté, no miento los buenos goles y los buenos partidos, también me enojé con la selección y recordé que El Vasco también tiene madre. No insulté a la familia de Guille (mucho menos tiré del cabello de su mujer), pero sí le grité en repetidas ocasiones. También hice una quiniela en la que ocupé el pudoroso último lugar. Me gustan las semifinales y estaré contento si a la final llega a Alemania y Holanda (el argumento “shakiresco” de que la copa se quede en América me importa un carajo y me parece, por demás una completa idiotez).


III. Futbol Playero

Lo que sí vi, bajos los efectos de Baco, fue un partido de futbol playero. Lo disfruté pero, ¿qué carajos no se disfruta en la playa? Fue un partido de esos sinceros, con dos camastros de porterías, un balón suave, mucho sol, mucha arena volando y árbitro vestido de naranja y bermudas y un silbato. El sol en alto, el azul de fondo y Cozumel, con sus viejos ojos de arrecife viendo cómo la pelota saltaba para alcanzar el sueño de marcar un tanto y seguir con el juego. No me di por enterado quien ganó al final, pero se veía que no les importaba gran cosa.